La primera frase de «Algo había pasado», de Dino Buzzati, es «el tren no había recorrido más que unos pocos kilómetros» y con ella el narrador nos ha marcado un tiempo concreto, objetivo, del que no podemos dudar. Para un tren unos pocos kilómetros son poco tiempo. El tiempo objetivo, pues, lo ha establecido en la primera frase. Y, sin embargo, este relato trata de todo menos de objetividad, ni de hechos cronológicos. Pero, para comprender lo que viene más adelante, necesitamos un agarradero, una certeza mínima a la que poder regresar cuando se tambaleen los cimientos de lo que creemos verdades absolutas.
La elección de cada uno de los sucesos es crucial para formar el ritmo in crecendo de este relato. Si dibujáramos un gráfico con la estructura rítmica de «Algo había pasado», sería una línea diagonal de derecha a izquierda, que marque la subida paulatina pero imparable de la tensión y el ritmo. Y todo ello gracias al orden en el que se suceden los hechos y a cómo se trabaja el tiempo, porque esta misma historia contada con un orden distinto no significaría nada o, al menos, no impactaría de la misma forma.
Una vez que nos cuenta el narrador que viaja en un tren de «celebridad y estrellas cinematográficas», la primera escena en la que nos sumerge es la de una joven que espera en el andén, pero que no mira a ese tren fastuoso, después de haber esperado una hora allí.
[…] sino que tenía la cabeza vuelta hacia atrás, concentrada en un hombre que llegaba a todo correr desde el final del camino y gritaba algo que nosotros, naturalmente, no pudimos oír: como si acudiese a toda prisa para advertir a la mujer de un peligro. Pero fue un instante: la escena voló y yo me quedé preguntándome qué problema podía haber alcanzado por medio de aquel hombre a la muchacha que había ido a contemplarnos.
No hay nada extraordinario en esta escena que se sucede en un instante. Igual que llega, se va. Tiempo. Pero ese instante marca una huella. El relato ha empezado ahí, en ese suceso, no en otro, y eso se queda grabado. ¿Qué es lo que le ha pasado a la mujer? ¿Cuál es el peligro del que le va a advertir el hombre? ¿Es importante este hecho? Sí, porque nos ha grabado las dos máximas de este texto: la incertidumbre y la sensación de peligro.
El orden de los acontecimientos y la duración que les dedica el narrador son cruciales en este trayecto. Un instante nos lo cuenta con detalle, con pausas para describir el tren, para mostrarnos la escena del andén. No sabemos lo que hay dentro del vagón, ni si el protagonista viaja solo o no, nuestros ojos están clavados en ese andén durante un buen rato, mucho más que el instante que dura la visión de la escena. Cuando todavía está en la retina esa imagen, el narrador nos vuelve a marcar otro suceso:
Y me disponía a adormecerme al rítmico balanceo del vagón cuando casualmente ―se trataba sin lugar a dudas de una pura y mera coincidencia― advertí a un campesino que estaba de pie encima de un murete y que daba voces hacia el campo haciendo bocina con las manos. También esta vez fue un instante, porque el directísimo corría, y sin embargo me dio tiempo de ver seis o siete personas que acudían a través de los prados, de los sembrados, de la alfalfa, trayéndoles sin cuidado pisotearla; debía de ser una cosa muy importante. Acudían de distintos puntos: éste de una casa, aquél de un agujero practicado en una valla, el otro de una hilera de vides o qué se yo, todos directamente hacia la pequeña tapia que tenía encima el joven que llamaba. Corrían, ya lo creo que corrían, cualquiera habría dicho que espantados por algún aviso repentino que les llamara enormemente la atención, despojándoles de la paz de la existencia. Pero fue un instante, repito, un destello, no hubo tiempo para más observaciones.
Otro instante que se nos graba en la memoria: algo importante está pasando, pero ¿qué? Duda y peligro. Algo pasa. Todo sucede rápido, en instantes que se van enseguida pero a los que el narrador dedica más tiempo del que llevaría a un pasajero de un tren observar el paisaje. Detalles precisos, aunque en pinceladas, nos dejan con la intriga. Nos instan a leer qué ocurre.
Regresamos al tiempo cronológico, medido por la distancia que recorre el tren:
Qué curioso, pensé, en pocos kilómetros ya dos casos de gente que recibe una noticia inesperada, eso al menos me figuraba yo.
Y tras una pausa, en la que el narrador se pregunta qué sentido tiene lo que está viendo fuera del tren, llega el momento de introducirnos dentro del vagón:
Miré a mis compañeros de viaje, a los del compartimento, a los que estaban de pie en el pasillo. No se habían dado cuenta de nada. Parecían tranquilos, y una señora que estaba enfrente de mí, de unos sesenta años, se disponía a conciliar el sueño.
Fuera el ritmo es frenético. Las escenas son instantáneas. Dentro, por contra, el ritmo es pausado, adormecido con el traqueteo de la máquina. Nos pinta una escena algo vaga, sin tanta viveza como la de fuera. Vemos gente que disfruta del paisaje o que duerme. Un viaje de lo más normal. Nada que ver con el que él se «figura» que está viviendo.
El orden de los sucesos, de nuevo, nos trae consigo la interpretación: la agilidad y precisión de las escenas de fuera se contraponen con la tranquilidad de lo de dentro. Hay un adentro y un afuera, porque así lo ha dispuesto el orden de los acontecimientos narrados. Tampoco es baladí el que la descripción del interior ocupe tan poca extensión y que, justo después del último párrafo, el narrador contradiga sus propias palabras:
¿O acaso, por el contrario, sospechaban? Sí, sí, también todos y cada uno de ellos estaban inquietos y no se atrevían a expresarlo. Más de una vez los sorprendí echando fugaces ojeadas llenas de recelo hacia fuera. La señora amodorrada, especialmente, atisbaba con los ojos entrecerrados y luego me miraba de repente para saber si la había desenmascarado. Pero ¿de qué tenían miedo?
Lo que un párrafo era tranquilidad, en el siguiente se convierte en recelo. ¿Es real lo que ve o son imaginaciones? De nuevo, la marca del tiempo nos lleva de la sensación de seguridad a la de intranquilidad (duda y peligro): «fugaces ojeadas» miran afuera, «de repente» la señora lo miraba. Y la certeza, frente a todas las dudas que genera la narración, de que todos ellos tienen miedo de algo.
¿Cuál es el siguiente paso? Mostrar lo que hay fuera que es de donde procede el peligro al que hay que temer:
Nápoles. Aquí normalmente el tren se detiene. Pero no hoy el directísimo. Desfilaron junto a nosotros las viejas casas y en los patios oscuros vimos ventanas iluminadas, y en aquellos cuartos ―fue un instante― hombres y mujeres inclinados haciendo paquetes y cerrando maletas, o eso parecía. ¿O acaso me engañaba y no eran todo más que fantasías?
Se aprestaban a partir. ¿Hacia dónde? No era una noticia feliz, teniendo en cuenta que electrizaba ciudades y campos. Una amenaza, un peligro, la noticia de una catástrofe.
El apremio se percibe en cada frase. Tan solo una nos embarga de dudas, nos impide creer del todo que lo que está ocurriendo sea eso que ve el narrador y es la pregunta que se formula: ¿no serán todo fantasías? Pero no le dedica a esa incertidumbre más tiempo que el de una frase. Sigue con firmeza su narración sobre la amenaza que hay fuera.
Vuelvo a lo mismo que antes: no es mera coincidencia que hable de fuera, luego se vaya al interior, y de vuelta al exterior. En ese orden, los acontecimientos se van sucediendo cada vez con más tensión, aumenta el ritmo.
Ahora volvemos al interior y todo lo que se cuenta lleva a que se incremente la incertidumbre: ¿es verdad o no que fuera hay una amenaza? Esa atmósfera se nos muestra a través de una digresión del personaje que intensifica la duda del propio lector de si lo que ocurre son o no imaginaciones del protagonista. Tras esa digresión en la que hay más preguntas que respuestas, regresa al exterior, pasan por una estación donde la escena resulta aplastante, pero que no consigue borrar las incógnitas planteadas:
Otra ciudad. Al entrar en la estación, el tren aminoró un poco la velocidad y dos o tres se levantaron dejándose llevar por la esperanza de que el maquinista fuese a parar. Sin embargo, pasamos, estruendoso vendaval, por delante de los bancos donde una multitud inquieta se apiñaba entre caóticos montones de equipaje, anhelante de un convoy que partiese.
De la digresión (tiempo inmóvil) saltamos a una imagen con tanto movimiento como el de un tren pasando de largo. Dentro, pausa. Fuera, premura. El manejo de los recursos nos habla de un tiempo subjetivo, que nos confronta lo que ocurre dentro, de donde viene la subjetividad, con lo de fuera que no llegamos a vislumbrar si se trata de una verdadera amenaza o de las escenas propias que atraviesan las ventanillas de un tren en marcha.
Miremos una última vez el interior del compartimento:
Un hecho nuevo y poderosísimo había truncado la vida del país, hombres y mujeres no pensaban más que en salvarse, abandonando casa, trabajo, negocios, todo, pero nuestro tren no, nuestro maldito tren avanzaba con la regularidad de un reloj […].
Faltaban dos horas. Dentro de dos horas, cuando llegáramos, sabríamos nuestro destino común.
Estamos ante un análisis, otro recurso que inmoviliza el tiempo, lo que nos vuelve a llevar al mismo punto de antes: dentro del vagón el tiempo no existe, no pasa, mientras que fuera, sí, de una forma casi vertiginosa para el protagonista. Subjetividad del tiempo, frente a la objetividad: el tren avanza con la regularidad de un reloj. No se ha detenido, por lo que el tiempo cronológico tampoco: cada kilómetro es un par de minutos que vuelan. Y a ellos solo les quedan dos horas.
Por fin el tren se detiene y, con él, termina el relato, porque sin tren no hay tiempo, sin tiempo no hay movimiento y sin movimiento no hay relato.
Ficha técnica
Título: Los siete mensajeros y otros relatos
Relato: Algo había pasado
Autor: Dino Buzzati
Traducción: Javier Setó
Edición: Alianza
Lugar: Madrid
Año: 2013
ISBN: 978-84-20659565