Hace unas semanas se propagó por redes una controversia respecto a si los adverbios terminados en -mente se debían usar o no. Este tipo de polémicas, en general, me resultan desconcertantes; supongo que tiene que ver con mi alma lingüista o algo así. Digo que me desconciertan porque creo que en la lengua no hay palabras buenas o malas, como mucho hay formas más adecuadas o menos de usarlas e incluso esto mismo podría ser discutible.
Por eso mismo entiendo a quienes se parapetan detrás de la posición del «sí», esto es, de que los adverbios terminados en -mente se pueden usar sin esas restricciones tan exageradas del «si leo uno, dejo el libro». No sé si esa última postura sea si quiera real, porque casi seguro que le cuelan unos cuantos hasta que se da cuenta de que hay uno, porque en el estilo hay una máxima: está logrado si pasa desapercibido.
Y ahí creo que radica el quid de la cuestión y es que si el adverbio terminado en -mente (o cualquier otra palabra) llama la atención y hace que el lector arrugue la nariz, entonces igual es que no está bien usado.
Mi postura, por tanto, es que los «mentes» son tan adecuados como cualquier otra palabra y por tanto se pueden utilizar sin restricciones propias de dietas de matasanos (o de talleres donde se fijan dogmas de fe). Ahora bien, para que no llamen la atención conviene conocer su uso y sus riesgos.
El uso adecuado de un adverbio terminado en -mente es el mismo que el de cualquier otro adverbio. El adjetivo al que se le añade el sufijo «mente» deja de ser un adjetivo y, por tanto, ya no califica ni describe; pasa a ser un adverbio y, como tal, se encarga de modificar a otras palabras, generalmente a un verbo. Este tipo de adverbios suele indicar cómo se realiza una acción:
- El caballero corrió rápidamente hacia la torre para rescatar a la rana.
- Claramente, la anciana sabía más sobre el bosque encantado de lo que dejaba entrever.
- Los aldeanos celebraron felizmente la llegada del dragón.
En general, se usan bien este tipo de adverbios, así que el problema no suele ser una cuestión de incorrección gramatical, sino de una cuestión de estilo, de ahí que la polémica sea tan encarnizada.
Los riesgos más habituales en el uso de estos adverbios son el exceso, la redundancia y las cacofonías.
Cuando se usa mucho una palabra o una categoría de estas, suele generar una sensación de pobreza léxica o de dejación en la escritura. Por tanto, si solo utilizas adverbios terminados en -mente, o si te excedes con la cantidad de adverbios en un texto, la lectura se percibirá como de pobre calidad. Y eso cuando estamos escribiendo narrativa no suele ser un buen compañero de viaje. Esta idea es aplicable a todas las palabras y categorías del lenguaje escrito. Y no implica desterrarlos de nuestros escritos, sino usarlos con moderación.
En concreto, en los adverbios terminados en -mente la aparición constante de ellos puede generar una prosa sobrecargada y plomiza: «Rápidamente y cuidadosamente caminaba silenciosamente». Aquí no se trata de cambiar estos adverbios por otros, sino de eliminar los que sean innecesarios: si caminas silenciosamente lo haces con cuidado y, desde luego, no rápidamente. Lo apropiado sería «Caminaba silenciosamente». Hemos dejado uno, los otros dos no hacían falta.
En el caso anterior hemos visto otros dos de los riesgos: la redundancia y la contradicción. «Silenciosamente» y «cuidadosamente» venían a decir lo mismo en ese contexto, por lo tanto es redundante. Hay casos peores como «gritó fuertemente», que es un pleonasmo (el grito es fuerte por sí mismo, no es necesario remarcarlo), o «lentamente corrió hacia la salida», donde hay una contradicción entre «correr» y «lentamente». En estos casos, las soluciones son o eliminarlos en el caso de los innecesarios o cambiarlos en el caso de los contradictorios.
Cuidado con tomar esto como un dogma, el uso redudante o contradictorio puede conseguir un resultado estético más que interesante. Es cuestión de saber jugar con las palabras y con el contexto en el que las usamos. «Atronadoramente silencioso» puede servir para enfatizar un silencio que daña al personaje; «terriblemente divertida» puede significar la contradicción de un personaje ante alguien que le gusta pero no quiere que le guste.
Otro de los peligros de los adverbios terminados en -mente es que, al poner varios, se generan cacofonías que ensucien el estilo. En este caso, conviene no tener en la misma frase dos o más adverbios y, al mismo tiempo, evitar las rimas malsonantes con otras palabras que terminen en -ente.
Las maneras de evitar estos peligros son tres: eliminarlos, sustituirlos por otros, cambiar el orden de la frase (en el caso de las cacofonías). Creo que la mejor manera de manejar estas situaciones es tener claro tres máximas:
- Si puedo eliminarlo, lo elimino y así reduzco un uso excesivo de adverbios.
- Si hay dos o más, que no puedo eliminar, entonces los sustituyos.
- Si haya cocofonías y ya he aplicado 1. y 2., entonces cambio el orden de la frase para evitar las rimas malsonantes.
Respecto a la sustitución de estos adverbios por otros, mi sugerencia es que se haga con imaginación y buenos recursos. No todos los adverbios terminados en -mente hay que sustituirlos por «de manera…» (esto demostraría, de nuevo, pobreza léxica), hay muchas formas diferentes de cambiarlos y mantener el mismo sentido:
- El caballero corrió rápido hacia la torre para rescatar a la rana.
- Estaba claro-Era evidente que la anciana sabía más sobre el bosque encantado de lo que dejaba entrever.
- Los aldeanos celebraron con alegría la llegada del dragón.
En definitiva, en la literatura no se trata de erradicar palabras, sino de buscar las más adecuadas a tu estilo y a la historia que quieres contar. De lo que deberíamos estar preocupados es que esa palabra encaje como si ese hueco solo estuviera destinado a ella. Lo importante no es que haya unas palabras u otras según a saber qué criterios peregrinos de otros, sino que tú encuentres tu estilo y sepas pulirlo hasta que sea una gema preciosa.
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