Terminé de leer las memorias de Gisèle Pelicot en un tren de vuelta de Santiago de Compostela a Madrid. Lloré cuando llegué a sus últimas páginas. Quien me conoce sabe que no me suelen conmover fácilmente los libros; me temo que es un horrible efecto secundario de haber sido profesora de escritura creativa o de leer tanto que al final te cubre una pátina difícil de romper. Creo que la última vez que lloré por un libro fue hace años con El cuento de la criada, de Margaret Atwood. La sola idea de que me separaran de mis hijos me dolió tanto que tardé días en terminar el libro.

Algo así me ha sucedido con Un himno a la vida, que solo pensar que algo así podría ocurrirme a mí o alguien de mi entorno me horroriza, me bloquea y me temo ser como esas mujeres del juicio que se negaron a que les hicieran pruebas por puro terror a que sus maridos les hubieran hecho lo mismo. En este libro, además, no te encuentras con una heroína ni con una víctima, sino con una persona capaz de atravesar el mayor de los espantos con la cabeza alta y el corazón roto.

Creo que en parte de aquella la catarsis que sufrí viendo el eclipse fue a causa de haber leído este libro. He estado perdida en mi pasado, intentando buscar lógica a lo que viví, comprender lo incomprensible, y me he sentido tan identificada con esa búsqueda de sentido a la vida, que me he dado cuenta de que necesitaba un nuevo camino para seguir adelante. Hacía ya mucho que notaba la falta de motivación, todo me daba igual, nada era suficientemente importante como para cambiar mis hábitos. Siempre he dicho que estoy viva porque tengo familia, porque tengo tres hijos a los que no quiero dejarles como legado que no fueron suficiente para su madre. Lo son, aquí estoy por ellos, pero he viajado sin rumbo durante mucho tiempo y este libro me lo ha devuelto.

Amar.

Así de sencillo. Como dice Gisèle: «Para luchar contra el vacío, necesito amar».

No hay mayor motivación, no hay forma de darle mejor sentido a la vida, que amar a los que te rodean, a los que estuvieron, a los que están.

Dice ella, tan inmensa en su vulnerabilidad, que «ahora sé que me viene [creer en el amor] de una herida profunda en mi interior y que me hace vulnerable. Pero acepto esa fragilidad, este riesgo».

Si el mundo estuviera hecho de Giseles, viviríamos un mundo más completo, más comprensivo, más humilde, más amoroso. Porque el amor no es esa cosa tonta que nos han hecho creer, no, es algo profundo, como un océano, lleno de misterios, de necesidades, de miedos. Y eso es lo que nos enseña la autora de estas preciosas memorias, que salen de su horrible experiencia desde que se enteró de lo que le había hecho su marido hasta el final del juicio. Entre medias nos habla de su infancia, de su juventud, de los cincuenta años de matrimonio, de la maternidad, de la familia, de sus nietos. Nos habla de ella y de las preguntas que algo tan terrorífico han dejado grabadas en su alma.

Hace tiempo que no subrayaba tanto un libro, pero este lo he dejado marcado como si se hubiera convertido en un tatuaje en mi piel. Hay demasiadas citas que he recogido como para ponerlas todas. Os dejo las que creo que más os pueden convencer para leer este libro:

Vivía en una isla. Me sentía como una islita, o más bien quería serlo, separarme del continente, de los demás, es decir, del resto del mundo, de toda la inmundicia humana que nos había sepultado a mis hijos y a mí.

Y ahora que todo se había derrumbado, esa niña [se refiere a ella misma] solo quería gritar, incluso alzarse victoriosa, porque durante diez años mi sueño la había eliminado. Ahora solo quedábamos nosotras dos. Solo ella y yo. Así que yo salía, con paso lento pero firme, sin ningún eco en la arena, caminaba, la calmaba, la mecía, la agotaba y la dormía. Luchaba contra ella y por ella. No pedía la compasión de nadie. Seguía adelante.

Nadie se enteraría de lo que me habían hecho [si no abría el juicio en vez de dejarlo a puerta cerrada]. Ningún periodista estaría allí para describirlos y decir sus nombres junto a sus delitos. Ningún desconocido se acercaría a mirarlos preguntándose cómo reconocer a un violador entre sus vecinos y colegas, cuando es tan fácil reclutarlos. Sobre todo, ninguna mujer podría entrar y sentarse para no sentirse tan sola. Si yo no me había dado cuenta de nada, seguro que les había sucedido a otras.

Sentí a la gente a mi alrededor, sobre todo mujeres, formando una guardia de honor que yo no había imaginado ni solicitado. Sentí su calidez, su emoción, su fragilidad. (…) Así que tenía que encarnar ese cuerpo torturado del que se hablaba, enderezarlo con mi presencia, darle voz, mirada, conciencia, también elegancia, todo lo que las violaciones intentan destruir. Y sobre todo estaba esa multitud, esas mujeres… (…) El juzgado de Aviñón era de repente un punto de reunión del dolor.

Esta historia ya no es del todo mía. Ha despertado un dolor silencioso y profundo que se remonta a la noche de los tiempos. Ha provocado una magnífica sacudida telúrica.

Jamás me reducirán a ese cuerpo torturado, mi alma no está ahí, ni la de la niña que fui, ni la de la mujer en la que me he convertido.

Esta historia remueve nuestra violencia, nuestra inmundicia apenas oculta, nuestros traumas latentes, nuestros silencios, nuestras huidas, es el sucio reflejo de la dominación y la depredación, que aún estructuran nuestro mundo.

Ficha técnica

Título: Un himno a la vida

Autora: Gisèle Pelicot

Traducción: Noemí Sobregués

Edición: Lumen

Lugar: Barcelona

Año: 2026

ISBN: 978-84-264-3321-3

Fotografía de Gisèle Pelicot