Agua dulce es una novela poco habitual, que muestra la complejidad de la mente de una forma inusitada y, a mi entender, muy inteligente. No es una novela normal, es un canto a la vida de quienes soportamos identidades disociadas, a la conversación interna que se establece en nosotras, a la necesidad de esas mentes de protegerse de las agresiones externas contándose la vida de otra manera, apagándose para poder sobrevivir.
Es un gesto de autoficción valiente y, al mismo tiempo, desgarrador. Hace poco comprendí algo que se cuenta de manera brillante en esta novela, que la identidad más sádica, la que más daño parece hacerte, es la que nació para protegerte. Yo la llamo Sara, Emezi la llama Asụghara. Es esa parte de ti que te protege y te castiga al mismo tiempo. Una dicotomía que, al menos yo, me he pasado toda una vida intentando entender: ¿por qué tu fuerza protectora es a la vez tan dañina, tan sádica, tan castigadora? No he recibido en mi existencia más daño que el que me ha provocado Sara. Y Emezi lo explica tan bien que me he pasado la novela entera agradeciéndole que mostrara esta realidad desde la crudeza, desde el amargor, pero también desde la comprensión de uno mismo.
Me ha parecido una novela digna de leerse, con una prosa envolvente y una sólida trama tan fragmentada como la mente que la escribe. Desde luego la recomiendo si quieres comprender mejor por qué este tipo de mentes no están enfermas, sino que viven realidades distintas a las tuyas.
La historia trata sobre Ada, una niña nigeriana, que acoge en su interior deidades y presencias ancestrales. Al madurar, ese grupo de yoes gana fuerza y anatomía y, a medida que Ada pasa a un segundo plano, su vida comienza a tomar direcciones sorprendentes.
Por cierto, es un ejemplo excepcional del efecto del desasosiego. Lo que no tengo tan claro es si clasificarla como realista o como fantasismo. Igual merece un estudio algo más profundo. Me vuelco más al relato enigmático, puesto que puede tener una doble lectura: si asumimos que lo que vive «no es real» y no son deidades sino una trastorno mental lo que habita la mente de Ada, sería realismo; si aceptamos su propia lectura de lo que sucede en su cabeza, entonces las deidades serían ciertas en el universo narrativo y, por tanto, sería fantasismo. Dentro de este, me quedaría claro que hablamos de literatura fantástica.
Os dejo con algunas de las citas que he subrayado mientras leía:
Ella se abría la piel sin saber muy bien por qué; se le escapaban las complejidades de venerarse a sí misma.
No es fácil persuadir a un ser humano de que acabe con su vida. Están muy apegados a ella, aun cuando no les da más que desgracias.
Dejé a Ada en paz con su nueva familia. Cuando venía a sentarse un rato conmigo en el mármol, hablábamos como dos viejas amigas, como si nunca hubiéramos planeado matarnos mutuamente.
Mientras recuerdes que no pueden separarnos, Ada. Sin nosotres, no eres nada: no sentirás nada, no verás nada, no podrás escribir nada. Tienes que estar en paz con nosotres, ¿entendido? Nosotres somos tú.
Ficha técnica
Título: Agua dulce
Autora: Akwaeke Emezi
Traducción: Arrate Hidalgo
Edición: Consonni
Lugar: Bilbao
Año: 2021
ISBN: 978-84-16205-78-3