Sorda y ciega, así era Helen Keller (1880-1968), hasta los siete años no era capaz de comunicarse. Hasta que llegó a su vida Anne Sullivan, maestra experta en educación especial. La ayudó entonces a comunicarse primero con la lengua de las manos (deletreaba las palabras en la palma de la mano), así empezó a entender su entorno, lo que ayudó a que aprendiera a hablar, a leer y a escribir. En sus primeros años, Keller recibió de su entorno que el mundo no era para ella, que sería tonta y no podría valerse por sí misma. Sin embargo, su maestra le enseñó qe podía sentir el mundo con el olfato, con el tacto y con el gusto, que no necesitaba la vista ni el oído.

La prosa de Keller es fascinante, es capaz de transmitir imágenes nítidas sin utilizar el sentido de la vista. Con su forma de escribir, nos muestra algo que los profesores de escritura creativa no nos cansamos de explicar: que debemos escribir con los cinco sentidos. Por supuesto, podemos describir una silla así: «Tablón con cuatro patas y un respaldo para apoyar la espalda», pero también podemos hacerlo de esta otra manera: «En cuanto me senté, me invadió aquel olor a pino, me apoyé en el respaldo y enseguida sentí las tablas clavándoseme en los omoplatos, incluso la resina o el barniz que le hubieran hundado a esa silla se me había metido en la boca y me había dejado un sabor amargo». Las dos hablan de una silla, la primera se ve, sí, pero no cuenta nada; la segunda, sin embargo, no solo nos habla de la silla, sino también de lo incómoda que es y lo mucho que la desprecia el personaje. Escribir con los cinco sentidos nos proporcionan unas descripciones más plásticas, menos planas, además de ayudar con la ambientación, la atmósfera e, incluso, con el perfil psicológico de los personajes.

Es paradójico que una persona ciega y sorda pueda conseguir imágenes tan vívidas, tanto que aprendes a tocar el piano solo con las vibraciones de este, a oler la belleza, a sentir con los dedos como se llena un vaso de agua…

Me ha dejado tan enamorada su prosa, que os comparto tres citas que me han gustado especialmente:

Reconozco el plop del líquido en el interior de una jarra. De manera que, si derramo la leche, no tengo la excusa de mi ignorancia. También estoy habituada a la extracción de un corcho, al chisporroteo de la llama, al tictac del reloj, al giro metálico del molino, al trabajoso subir y bajar de una bomba de agua, a los gruesos borbotones del agua de la manguera, al engañoso golpeteo de la brisa contra la puerta o la ventana, y a muchas otras vibraciones en un número incalculable.

La lluvia invernal es gris y fría, inodora y triste. La lluvia de la primavera es briosa, fragante, y está cargada de una tibieza que da vida.

Camino en la quietud de la noche
Y mi alma rebosa de alegría.
¡Oh Noche, Noche perfumada, te amo!
¡Oh vasta, extensa NOche, te amo!
¡Oh inmutable, gloriosa Noche!
Te toco con mis manos;
ma apoyo en tu fuerza;
hallo consuelo.

Termino con una frase con la que estoy por completo de acuerdo con Keller: «Si yo hubiera creado al hombre, seguramente habría puesto el cerebro y el alma en la yema de los dedos».

Ficha técnica

Título: El mundo en el que vivo

Autora: Helen Keller

Traducción: Ana Becciu

Edición: Atalanta

Lugar: Girona

Año: 2012

ISBN: 978-84-939635-2-1