Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo es un relato de Gabriel García Márquez que se publicó por primera ven en 1955 en el libro de relatos Ojos de perro azul. Este relato es precursor de Cien años de soledad, que vio la luz una década después. En este monólogo, el autor empieza a darle forma al universo de Macondo, incluyendo el tema bíblico del diluvio, que sucede en ambas historias.
La protagonista y también narradora del relato es Isabel, que nos cuenta como, al salir de misa un domingo, una lluvia inagotable cae sobre el pueblo de Macondo. A ella no le sorprendió porque ya se había sentido «estremecida por la viscosa sensación en el vientre» al salir al atrio. Al principio, durante el resto de la mañana se alegró «de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de polvo abrasante».
El contento se le acaba el lunes cuando nos cuenta que se sintió «sobrecogida por una agobiadora tristeza»; ella nota «como si estuviera lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi corazón». Parece que la lluvia la posee, que intuye lo que ese agua quiere transmitir en su interminable caída del cielo. Sabe cuando es una lluvia bienvenida porque termina con el calor y la yesca del verano, y cuando es un aguacero de tristeza y cansancio, que transforma a los que lo sufren.
Isabel vive con su madrastra y con su padre en una de las casas del pueblo. También con su marido, Martín, con el que lleva casada apenas cinco meses. Ahora ella está embarazada y la lluvia los arrasa como un líquido fecundo que se agolpa en sus vidas.
El martes «el agua apretaba y dolía como una mortaja», estaban «paralizados, narcotizados por la lluvia». Dos días de tormenta y lo que al principio era una milagrosa visita, que limpia y alivia; se ha convertido en un suplicio que los ha dejado inmovilizados, la vida que debería nacer de la purificación divida se ha transformado en un «derrumbamiento de la naturaleza». Se han resignado al torrencial y a no hacer nada, resguardados dentro de la casa.
La inundación llega a mitad de semana. Isabel se «movía sin dirección, sin voluntad», se «sentía convertida en una pradera desolada, sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecundada por la repugnante flora de la humedad y las tinieblas». Una invasión de «agua viscosa y muerta».
Inevitable pensar en el diluvio bíblico, donde el torrencial destruye el mundo antes de recrearlo y repoblarlo en una nueva era. Como inexorable fuerza de la naturaleza, la lluvia es un inmenso poder que empequeñece la voluntad y la arrogancia del ser humano. También inexcusable el recuerdo de Cien años de soledad donde el diluvio dura cuatro años, once meses y dos días. Un castigo divino incluso mayor que el sentenciado por Yaveh en el Génesis, de cuarenta días con sus cuarenta noches.
En Macondo, Isabel sufre la desesperanza de la lluvia apenas una semana, aunque se percibe en todo el relato como eterna. «Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios presentimientos». No hay dulzura ni hermosura en esta lluvia. No es providencial ni bienvenida, ¿qué traen estas aguas sino malas noticias, pedazos de la vida del pueblo que flotan en los riachuelos surgidos por el desbordamiento? Hasta los muertos flotan en el cementerio. ¿Qué ocurre en Macondo?, ¿qué castigo se han merecido para ser anegados de esta manera? No lo sabremos, más allá de la necesidad de Isabel de aceptar el cambio que se va a producir en su vida. Los regueros recorren la fertilidad, la nueva vida, la purificación y llegan hasta la temible crecida que transforma el entorno en el que vive la mujer. Isabel se siente castigada hasta que acepta lo que va a venir: «Solo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud misteriosa y profunda; un estado perfecto que debía ser muy parecido a la muerte». Una muere para nacer de nuevo, convertida en algo distinto, tan viva como liberada de lo anterior.
Isabel va a ser madre y la tristeza por dejar de ser quién es la inunda y, como ella es la lluvia, esta anega el pueblo hasta que al fin acepta su nueva condición. Renace y el cielo escampa.
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